Los juegos de antaño

7 02 2009

Antonio Melado Prado, participante en el Proyecto “Historia Urgente 2008”, nos envía, en esta ocasión, un artículo que ha servido como texto para un espectáculo teatral con motivo de las actividades sobre la “memoria histórica” del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla. Os animamos a todos y a todas a que nos enviéis artículos para su publicación en este espacio.

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“Los juegos de antaño”

Se dice que todos llevamos un  niño dentro y que es una suerte maravillosa, a pesar de los años que vamos cumpliendo, tener esa capacidad de asombro permanente, igual que les ocurre a los niños… Yo también viví, como vosotros, ese tiempo inolvidable de la niñez. Y estos recuerdos de aquel tiempo ya pasado, me transportan ahora, como si de un sueño se tratara, a los años cincuenta del pasado siglo XX, allá en la plazuela de mi barrio, escenario de mis juegos infantiles, donde están mis compañeros de juegos: el “Chupa”, el “Vieja”, el “Mocoso” y el “Melli”. Todos ellos de familias humildes del barrio, como la mía, aunque mi padre me decía que no me juntara con ellos, porque eran unos golfillos. Bueno, al fin y al cabo, eran mis amigos, mis compañeros de juegos, y lo pasábamos bomba, cuando, corriendo, nos dirigíamos a la Ronda de Capuchinos a esperar que llegara el tranvía. Y cuando éste llegaba, a hurtadillas, sin que nos viera el conductor, nos montábamos en la jardinera y cuando el tranvía iba acelerando su marcha, entonces nos tirábamos -siempre hacia atrás- procurando que con el impulso de la velocidad no nos cayéramos al suelo.

También nos reguinchábamos en los coches de caballo, por detrás sin que nos viera el cochero y todos los demás de la pandilla íbamos corriendo al lado del cochero y le gritábamos… ¡Cochero!  ¡¡¡El látigo atrás!!!

Bueno y en cuanto a los juegos, no os podéis imaginar la cantidad de juegos que teníamos, que se ajustaban a un calendario o tiempo. Por ejemplo, llegaba el tiempo de las bolas, del trompo, del aro, de la lima, de las cajillas, que recortábamos de las cajas de cerillas y que luego las canjeábamos por bolas… “Te doy diez cajillas, por una bola de cristal… veinte cajillas por una bola de acero o treinta cajillas por una bola de china (que castañeábamos en los dientes para comprobar si era auténtica)”.

¡Ah! También jugábamos a la billarda… ¿Sabéis lo que era la billarda? La billarda se componía  de un palo largo, a manera de bate, y uno pequeño, como de una cuarta, al cual le afilábamos las puntas. Lo tirábamos al suelo y luego con el palo largo golpeábamos una de las puntas y cuando este saltaba le dábamos con todas nuestras fuerzas para ver quién lo lanzaba más lejos. Esto tenía un inconveniente, que podíamos darle un billardazo a cualquier persona que pasase por allí o romper un cristal de cualquier balcón de la vecindad. Como nos ocurrió un día. Que le dimos un billardazo tan grande a la puerta de la farmacia, que salió el mancebo o el boticario, no me acuerdo, corriendo detrás nuestra y acordándose de toda nuestra familia.

También jugábamos a coger zapateros (libélulas). Esto creo que era en verano. Para ello pinchábamos unas cañas en el suelo y luego la regábamos con agua. Y si no teníamos agua a mano… pues nos meábamos encima de las cañas. Luego, con mucho cuidado, para no espantarlos, íbamos  tratando de cogerlos y los que cazábamos lo íbamos poniendo entre los dedos como un trofeo de guerra.

Otro de los juegos, era jugar a piola. Que por ahí arriba dicen “pídola”. Uno se agachaba y otro saltaba por encima diciendo: la primera sin toca… La segunda, cula que te hunda…  La tercera, hinca la rodilla en tierra… La cuarta, cula que te parta… Y la quinta, espoliniqui  que te piqui…

Otra de las diabluras que hacíamos, es que, cuando nos enterábamos de que había un bautizo en la Parroquia, nos íbamos todos a la puerta de la Iglesia, a esperar que llegara el padrino con la comitiva. Y cuando ésta salía después de haber bautizado al niño, nos dirigíamos todos al padrino cantando: “padrino, no te lo gastes en vino, gástatelo en galletas pa los niños de teta”.

Y  si el padrino no echaba las perras a pelón, como le pedíamos… entonces los niños, con el consiguiente cabreo, le gritábamos  -también cantando- “padrino, bollao, padrino, bollao…”.

Bueno, seguiría contando infinidad de cosas de mi niñez, pero no quiero cansaros. Sólo espero que ustedes, mis queridos lectores, amigos y amigas, os hayáis identificado, al menos, con algunas de las cosas que os he relatado y que he vivido. Termino con una soleá que define muy bien mi esencia de sevillano:

“En Sevilla yo nací

y casi nunca lo digo

no me gusta presumí”.

Antonio Melado Prado

(*) Imagen entregada por Laureano Llamas González para la Exposición de Fotografía “Imagen, Memoria y Palabra. ¿Cómo recordamos Sevilla?”. Laureano aparece con un parchís en la mano, el día de entrega de entrega de los regalos de Reyes Magos a los hijos de los trabajadores de la Fábrica Cruz del Campo, de Sevilla, en 1954.


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2 respuestas

9 02 2009
Fernando Hueso Garcia

El articulo de mi amigo del alma Antonio Melado, es el testimonio de la infancia de la generación “puente” que nos tocó ser. No teniamos de casi nada, pero nos sobraba imaginación e ilusión, que es lo que falta hoy, porque lo tienen todo.

13 02 2009
An tonio Melado Prado

EFECTIVAMENTE,FERNANDO, MI AMIGO DEL ALMA, COMO EL ME LLAMA, NACIO ESTA AMISTAD EN EL AÑO 1.958 DURANTE EL SERVICIO MILITAR; AMISTAD INDELEBLE QUE HEMOS CONSERVADO HASTA HOY. TU COMENTARIO HACIA LOS JUEGOS DE NUESTRA NIÑEZ NO PUEDE SER MAS ACERTADA.

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