Antonio Melado Prado, participante en el Proyecto “Historia Urgente 2008”, nos envía, para su publicación en este espacio, un artículo sobre la “memoria histórica” de la etapa de su niñez, escrito en su momento para el Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla.

En tono jocoso podríamos decir que yo nací, buscando un doble sentido a la frase, unos meses antes del movimiento. Es decir, del movimiento nacional. ¡Vaya! Que me asomé a la vida en plena guerra civil… ¡Vamos!
No creáis que voy a contaros algo de la guerra, porque, como no la viví y estaba todavía amamantado por mi madre, la única finalidad de mi existencia era hacerme un buen “mamoncete”.
¿Sabían ustedes -según me contaba mi madre- que estuve mamando de sus pechos hasta los tres años? Pues dice que salía del colegio gritando y llorando como un energúmeno: ¡¡¡mamá teta!!! ¡¡¡mamá teta!!! Y no había manera de quitarme ese hábito, hasta el punto de que la autora de mis días, para que me desarraigara de sus pechos, se los teñía de añil para que me asustara y los repudiara… Y al no conseguirlo con ello, utilizaba la artimaña de cubrir sus senos con una piel de gato o de conejo para atemorizarme.
De la guerra, mis padres no me contaban nada. Sólo sé lo que con posterioridad he leído. Sí, en cambio, me dijeron que a mi abuelo paterno, que era guarda de una finca, lo asesinaron los que perdieron. En mi casa, hasta un cierto tiempo, se conservaba el silbato que colgaba de su cuello con una abolladura producida por una de las balas que acabaron con su vida.
De mi infancia primera, recuerdo que mi madre me mandaba muy temprano con una cafetera al comedor social del Pumarejo, que todavía existe. Y las monjas me llenaban la cafetera de algo parecido al café, que la gente decía que era “granza”, después de estar en la cola no sé que tiempo.
No se me olvida que en aquellos años no había pan blanco, que el azúcar era moreno, que el chocolate tenía sabor a tierra y que pululaban los indigentes por la calle, desmayándose por las aceras.
También me acuerdo de los piojos y de las chinches. Mi madre lloraba cuando aparecían estos repugnantes insectos por la sábanas, pues durante el día se había ella ocupado de eliminarlas echando agua hirviendo por los somieres. Y del piojo verde. Esto era como una epidemia y en mi calle ví una vez que llegaba un camión y se llevaban a hombres y mujeres de una casa grande y después lo traían pelados al cero.
Yo tenía dos tíos, uno materno y otro paterno. El materno se llamaba Genaro y vivía en un pueblo de Sevilla y era minero. Cuando venía a la capital nos traía siempre en unas talegas, bellotas, castañas y palmitos. Y mis dos hermanos y yo, que era el mayor, nos volvíamos locos de alegría cuando nos decían que venía el tío Genaro.
El otro tío, el paterno, era extremeño, como mi padre, pues era su hermano y se llamaba Manuel. Este era el personaje más importante de la familia, pues era guardia civil -carabinero-. Y cuando venía a Sevilla -pues hacía el servicio en los trenes- nos traía una maleta llena de cosas de comer… chorizos, morcillas, tocino, café torrefacto de Portugal (que tenía una medallita de La Milagrosa)… Y pan, pan blanco…que era lo que más ilusión nos hacía a los niños… Recuerdo que cogía un trozo de aquel pan y me lo metía en el bolsillo del pantalón para repartirlo con la pandilla de mi barrio. Y cuando venía un buen hombre, casi un mendigo -que se llamaba Manuel-, con su gorrilla y su zurrón o espuerta llena de “palodú” o de orozú de palo, le cambiaba yo algún trozo de aquel pan blanco por un “cipote” de orozú, que así lo llamábamos.
Me vienen ahora a la memoria unos versos, que compuso mi hermano Manolo, acordándose de los niños de la guerra, que dicen así:
Húmedo golpe de cántaro
va marcando un villancico.
Diez niños cantan a voces
desde un extremo a otro sitio
de la ruinosa Ciudad
que una bomba ha destruido.
Zapatos y calcetines
pantalones, crucifijos
y mil diversos objetos
denotan lo sucedido…
Golpe débil que en el cántaro
arranca apenas sonido.
Los niños siguen cantando
con dolor sus villancicos,
huérfanos de padre y madre
se dan calor con sus gritos.
Pero al doblar una esquina
y ante un mendrugo caído
hacen toque de silencio
para intentar repartirlo.
Tengo más recuerdos de esos años del hambre. Recuerdos de la postguerra de esos años cuarenta, de los cuales, como vosotros he sido testigo inocente. He conservado una Cartilla de Racionamiento, de aquella década. Una de las tantas que yo relacionaba para entregarla en la Delegación de Abastecimientos y Transportes. Cartillas que eran de la clientela de mi barrio, de la primera tienda de comestibles del fundador del hoy acreditado Grupo San Eloy, Don Julián Gómez Pando, del que me honro en haber sido su infantil amigo y ayudante. Otro día seguiré.
Antonio Melado Prado. Sevilla, febrero de 2005.
(*) Imagen entregada por Antonio Melado Prado para la Exposición de Fotografía “Imagen, Memoria y Palabra. ¿Cómo recordamos Sevilla?”. En ella se observa, en la década de los años Cincuenta, la Plaza de San Julián. A la izquierda, en primer término, se ve una Calentería. En esa misma acera, estaba la Quincalla de Manolo Maña y la tienda de comestibles de Julián Gómez Pando (hoy Grupo San Eloy).